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El negacionismo como síntoma de racismo

El 26 de octubre de 1966, la Asamblea General de la ONU proclamó el 21 de marzo como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Ese día, en 1960, la policía abrió fuego y mató a 69 personas en una manifestación pacífica contra el apartheid que se realizaba en Sharpeville, Sudáfrica.

Desde entonces, cada año recordamos este episodio y, en toda Europa, se desarrollan todo tipo de actos, concentraciones y manifestaciones contra esta forma específica de odio, que es casi tan antigua como nuestras sociedades. Sin embargo, a pesar de las evidencias, la persistente negación de su existencia por una parte de la clase política y también por una parte de la sociedad no hace más que poner palos en las ruedas de nuestro progreso democrático.

Y es que no solo hemos tenido negacionistas del calentamiento global, de la desigualdad de género o, incluso, de las investigaciones médicas, sino que también tenemos negadores sistemáticos del racismo. Con sus postulados, intentan también normalizar lo injustificable. Por más que intentemos naturalizar las actitudes, comportamientos o tratos discriminatorios en base a la sempiterna y sacrosanta libertad de expresión, estamos errando de todas, todas.

Es una actitud perniciosa la de la negación del racismo. Existe una correlación entre ésta y la infradenuncia, entendida como un problema sistémico en el que interrelacionan diversos postulados. El bajo número de denuncias interpuestas ante las autoridades competentes se explica en base a una posible desconfianza en los poderes por parte de los grupos racializados y a un proceso de normalización hacia las discriminaciones.

Los sentimientos de desconfianza no son recientes. La tibieza a la hora de desarrollar medidas, el discurso del odio validado desde los púlpitos políticos de toda la UE y la violencia policial mediante al sesgo racial son algunas de las ramificaciones que se encuentran vinculadas a esa desconfianza. Por su parte, los grupos y minorías hemos normalizado actitudes y tratos vejatorios cuyas consecuencias van desde la dificultad para adquirir un piso hasta ser perseguidos en los hipermercados solo por nuestros rasgos físicos. Esas cuestiones relativas al microrracismo las conocemos bien quienes las hemos vivido con cierta asiduidad, desgraciadamente.

En estas condiciones, la sociedad del siglo XXI, capaz de crear tecnologías cada vez más complejas, sigue presentando datos alarmantes sobre el racismo: la mitad de la población europea de ascendencia africana sufrió situaciones de discriminación racial en 2022, según un informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, en sus siglas en inglés). Según el Eurobarómetro de 2023, la discriminación contra las personas gitanas se considera la más extendida de entre todos los colectivos estudiados (65% de media en la UE y un 70% en España). Este dato supone un aumento de dicha percepción respecto al anterior Eurobarómetro de 2019 (61% de media en la UE y 65% en España). Y a todo ello, no se nos olvide, se está produciendo una limpieza étnica en Palestina que, mediante la tibia respuesta del norte y el sur global, se puede valorar cuáles son las víctimas de primera y cuáles las de segunda.

Nos enfrentamos, sin duda, a un fuerte retroceso de libertades validadas en discursos que creíamos superados. Ese es un desafío al que debemos hacer frente. Nosotras, las mujeres gitanas, sabemos bien qué es y cómo se ramifica ese racismo que está propagado por nuestra sociedad como si fuera el peor de los virus humanos.

Urge un trabajo de sensibilización y toma de responsabilidades. No podemos esperar a mañana, pues los datos nos dicen que el discurso de odio va en aumento. En FAKALI trabajamos día a día contra este fenómeno, hablando desde el positivismo que nos reporta el crisol de culturas sobre el que se ha construido nuestro mundo. Se lo debemos a todos y a cada uno de aquellos y aquellas que construyeron un universo de posibilidades mediante la riqueza que nos reporta la diversidad étnica, cultural, religiosa y de disidencias de todo tipo.

Por un mundo más igualitario, libre de fronteras, justo, equitativo y que, de una vez por todas, haya superado el racismo y el negacionismo.