25N – GENERACIONES ROMÍS COMBATIENDO LA VIOLENCIA MACHISTA

, ,

La lucha contra la Violencia de Género se ha convertido en este siglo XXI en una seña de identidad del movimiento feminista, porque esta lacra del terrorismo machista nos sigue golpeando con crudeza. De hecho, en estos tiempos de postpandemia, en los que todas y todos estamos haciendo enormes esfuerzos para regresar a la normalidad, observamos con preocupación que este fenómeno sigue creciendo y requiriendo de medidas efectivas que lo atajen.

Las cifras no engañan y sí escandalizan. En lo que va de año 37 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas y exparejas, 1.118 desde que se tienen datos desde en 2003. A ello hay que añadir a los niños y niñas que perdieron la vida a mano de sus padres, por el mero hecho de ser utilizados como meros instrumentos para provocar un dolor inmenso y eterno a sus madres.

Para que las víctimas se vean protegidas y se ejerza la fuerza penal del Estado con todas las garantías para los justiciables es fundamental que se hagan las inversiones necesarias para agilizar los trámites procesales, se dé una respuesta inmediata de protección a las denunciantes en riesgo extremo, y, sobre todo, se aplique la ley con todo su rigor y fundamento. Necesitamos medidas efectivas para que todas las mujeres, sin distinción, sientan la protección y confianza de nuestras instituciones. No podemos obviar que éstas se diseñan bajo la igualdad, pero esta no se entiende sin la interseccionalidad. Desde FAKALI defendemos que las herramientas para combatir este mal sean transversales, cubran objetivos en materia de formación, seguridad y justicia, y respeten el principio de diversidad.

Algunas de las manifestaciones de la Violencia de Género son visibles y explícitas. Otras son más sutiles, como las actitudes y los comportamientos controladores. Pero ambas son maltrato y el resultado es el mismo: un ataque a la dignidad, la libertad, la autonomía y la integridad física y psicológica de las mujeres que hunde sus raíces en el patriarcado. Que no tiene apellidos ni sabe de culturas ni de tradiciones. La Violencia de Género, como extensión punitiva del patriarcado, no entiende de estatus, culturas o creencias, pues como sucede con el antigitanismo es un fenómeno estructural que se lleva por delante la vida en este caso de miles de mujeres e incluso, de sus hijas e hijos.

El mejor recurso con el que contamos para cambiar y transformar nuestra sociedad es, sin duda, la educación. El esfuerzo por la concienciación debe hacer énfasis en nuestro sistema educativo, en las escuelas y las aulas, porque es ahí donde podemos contribuir a eliminar de raíz la lacra del machismo, semilla de la violencia contra las mujeres. Aunque de sobra es conocido que no es tarea fácil. La irrupción del discurso negacionista de la Violencia de Género se ha asentado peligrosamente en nuestra sociedad.

De hecho, quienes rechazan la existencia de este mal tienen un altavoz muy potente en Internet, redes sociales, medios de comunicación y, por desgracia, algunas instituciones democráticas. La ultraderecha, que la ciudadanía gitana conoce bien, pues en esta vieja Europa lleva décadas persiguiéndonos bajo sus discursos opresivos, se aferra al sagrado derecho de la libertad de expresión y, apelando a una interpretación muy particular del concepto de igualdad, nos niega la condición de víctimas, equiparándonos a los victimarios y responsabilizándonos de la violencia que sufrimos.

Parar a quienes niegan e incluso justifican la violencia machista requiere de unidad entre las fuerzas políticas realmente democráticas y la sociedad civil. Del mismo modo, es indispensable que los poderes públicos hagan una apuesta real por combatir esta cara de la intolerancia más cruel cumpliendo con los objetivos marcados por el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, verdadera hoja de ruta que implica a dichos poderes públicos, y cuyas líneas estratégicas han sido fruto de un consenso generalizado y mayoritario.

Y, sobre todo, es indispensable que nosotras, las mujeres gitanas, continuemos cultivando la phenjalipen, la sororidad en romanó, un concepto que nos ha unido frente a las adversidades más perversas desde hace siglos. Tal y como nos han inculcado y traspasado nuestras tías, debemos continuar con este legado de la familia como fuerza para hacer frente a todo tipo de afrenta, incluso de violencias. No sólo seguimos vivas pese a los intentos de exterminio, sino que nos mantenemos fuertes en nuestro propósito de que nos tengan presentes, nos oigan y nos respeten, sin renunciar a nuestra condición de gitanas. Ocupando no el sitio que merecemos, sino el que nos corresponde. Sin pedir permiso ni perdón, y teniendo asimismo la responsabilidad y el deber de trasladar este mismo legado a las nuevas generaciones gitanas para que en un futuro la lacra de la violencia en todos y cada uno de sus rostros sean cosa del pasado.

Por un reivindicativo e interseccional 25N. Generaciones romís combatiendo la violencia machista.